martes, 22 de abril de 2008

¡Vámonos de feria!


A mediados de marzo estaba en un rancho con mi familia. Mis primos y yo fuimos al pueblito porque necesitaba conectarme a internet, consultar unas cosas del trabajo y urgían cigarros!!

El punto es que llegamos a Amealco, un municipio del estado de Querétaro, y mientras navegaba por internet los otros fueron a comprar los encargos y demás provisiones.

Ya traíamos todo en la camioneta y tomamos carretera rumbo al rancho cuando vimos una feria de pueblo…Lo primero que observamos fue una rueda de la fortuna que de lejos se veía imponente y lo comentamos, pero no faltó quien dijera: Te apuesto a que no te subes…y pues ahí vamos, me desvié unos pocos metros de la ruta que llevábamos y pagamos 10 pesos en un estacionamiento improvisado.

El entrar a ese espacio donde las luces, juegos y algodones de azúcar se mezclan con polvo, música grupera y sonrisas de niños es mágico…y es que posiblemente a las personas que vivimos en la ciudad una feria no significa nada o quizá lo más cercano que tenemos es Six Flags o Chapultepec, pero para los habitantes de estos pueblitos es todo un acontecimiento que logra reunir a las familias, salir de la rutina que día a día se viven en esos lugares, donde por cierto no pasa nada extraordinario muy seguido.

La ocasión es perfecta para salir muy bien arreglados, tomarse la foto en los caballitos y practicar el tiro con rifles, donde si todo sale bien te llevarás un muñeco de peluche o un sarten para el hogar.



Se puede escuchar todo tipo de música, cumbias, pop, rancheras y a esto súmenle las voces de los “gritones”, los señores que ponen puestos en los que venden electrodomésticos, trastes, y el carrito con esquites o elotes.

El caso es que recorrimos algunos metros para llegar a la rueda de la fortuna. El boleto por persona nos costó 20 pesos y dimos muchas vueltas, no sabría decir cuántas, pero sí fueron unos 15 minutos donde se podían apreciar algunas pequeñas filas para acceder a los demás juegos mecánicos.

Y ni crean que había seguridad en los juegos, al contrario, eso es lo de menos. Con decirles que nuestro cinturón de seguridad fue una cadena que con sólo tirar de ella se quitaba e incluso podías tocar los tubos de alrededor.

Al terminar nuestra vuelta y eso sí, medio mareados, emprendimos el camino de regreso al rancho.

Quizá no sea relevante en nuestras vida asistir a ese tipo de lugares, pero si vieran el rostro de aquellos niños que veían los carritos chocones y demás juegos se conmoverían y nos comprenderíamos que muchas veces se necesita muy poco para ser feliz y esa sonrisa de aquellos chavitos me hicieron la semana, y me di cuenta que con muy poco podemos lograr mucho.

Las fotos fueron tomadas con mi celular, la calidad no es la mejor, pero ojalá sirvan para jugar un poco con la imaginación.