martes, 15 de diciembre de 2009

Los hermanos del Metro Bellas Artes

Por ahí del 2004 o 2005, cuando estudiaba la carrera, me tocó ver a un niño de la calle, como de 4 o 5 años llorando en los andenes del Metro Bellas Artes. No traía zapatos y un joven, como de 18 años, le frotaba el pie.

Al siguiente día me topé nuevamente con el joven, que cargaba al niño, y pedía limosna.

Al tercer día el niño traía una venda en su pie porque, claro está, se había lastimado.

Estaban los dos, el grande y el chico, sentados en el mismo andén compartiendo una Coca-Cola.
Yo, esperando el Metro, escuché a la señora que hacía el aseo hablarle a los hermanos. Ahí me descubrí una parte de su historia.

No tenían mamá, había muerto y sólo se tenían el uno al otro, acababan de llegar de su comunidad. Comían en la calle con lo que juntaban de las limosnas, pero no había desayuno ni cena.

La historia me atrapó, aunque no quise integrarme, pero decidí dejar pasar dos o tres vagones para seguir escuchando su plática.

La señora del aseo les ofreció una torta y les dijo que no se podían quedar ahí. Que tenían que buscar otro lado porque tarde o temprano la policía los retiraría.

El niño no hablaba y sólo se aferraba al brazo de su hermano.

Le contó a la señora que habían tenido que ir a una Farmacia Similares para que un doctor, de los que cobran 25 pesos, revisara el pie de su hermano que no había dejado de llorar. No tenían dinero porque la venda costó 15 y por lo tanto se habían quedado sin una moneda, sólo tenían una Coca que les habían regalado.

Pasaron los días y cada que pasaba por Bellas Artes me ponía atento a ver si estaban los hermanos. Algunas veces les di una moneda, otros nos los veía, pero llegó el tiempo en que los perdí.

Y justo hoy, después de 4 o 5 años, me los volví a topar. Seguían juntos, con ropa descuidada, pero ya no pedían limosna. Ahora venden chicles.

El niño, que sigue siendo niño, ya trae zapatos. Su hermano, el grande, no.

Me sigue dando mucha tristeza que existan estas historias de supervivencia, pero también me da gusto que esa unión entre dos hermanos no haya sido rota por la gran ciudad.

Quizá el mundo no les dio la oportunidad de estudiar, viajar o vivir en familia, pero sí les dio ese lazo indestructible de tenerse uno al otro, un regalo por el que muchos matarían.